Última actualización 8 de Diciembre de 2021
8 de Diciembre de 2021
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Lectura 13

Una estatua en el paseo de Cupido

Casimiro Sainz tuvo una vida azarosa, complicada y difícil. Supo que era pintor desde muy temprano y sus ojos iban y volvían con ansiedad de las nubes a las montañas, no encontraba sosiego su mirar y solo los múltiples colores que su entorno le proporcionaba lograban atenuar su inquietud. Tanto como pintó amó, se sumergía en los paisajes con la fiebre y los delirios de la enfermedad más grave, sus manos volaban del pincel a la tela, todo era urgente, aquietar los cielos y dejar memoria de lo que él, con mirada sublime, más que ver había adivinado. Sabía de los descampados, de los desiertos particulares en que vivía en aquella Matamorosa, de la que quería irse para seguir viéndola sin la embriaguez de su proximidad. Y se fue. Pero iba con el mismo, con su peculiar manera de entender e interpretar, con el sufrimiento de un cuerpo que no le obedecía. Su periplo estuvo plagado de toda suerte de dificultades, con una mente enajenada que le prohibía el reposo. Su martirizado ser falleció en Madrid y allí fue enterrado. Muchos años después, quizás 24, se trasladaron sus restos a la región que le vio nacer. El cuadro que hoy me ocupa firmado por Celestino Cuevas, de Matamorosa como Casimiro, lleva por título La tumba de Casimiro Sainz, o así lo creo yo. Pero sé más sobre esta pintura, asuntos que estoy dispuesta a desvelar porque no quiero que, por más tiempo, me desvele el peso de tanta responsabilidad. Por todo lo que conozco he podido colegir y puedo afirmar nuestro gran paisajista no estaba ni medianamente tranquilo y peor se puso cuando interrumpieron su inestable reposo. Sí, claro que le gustaba volver al origen de sí mismo, eso sí, pero toda aquella algarada de recoger lo que quedaba de aquello que se llamó Casimiro Sainz y Saiz. Los trozos del hábito en que le envolvieron, las sandalias...y hasta lo que quedaba del ataúd...Viajar de nuevo en tren se le antojaba tan cansino como siempre y, además, esta vez sin ventanilla que le permitiese el recreo de la mirada. Ay, que pronto se percató el pintor de cuanto podía hacer en ese nuevo estado. Podía, ya lo creo que podía. Abandonó el féretro y anduvo husmeando entre los viajeros, escuchó sus conversaciones, olió los manjares que emergían de sus cestas...Atisbó tras los cristales de las ventanilla el silencio de los campos y, contra la amanecida, cuando todos dormían, tocó la frialdad de la escarcha que bordaba sutiles blondas sobre los camino. Se espantó bastante Casimiro en la estación de Reinosa, tanto aparato de gentes y autoridades, los abundantes discursos, la alegría, para él incomprensible, que les daba por llegar así y después de tanto tiempo. Casimiro no soportó más. Marchó lejos de aquellos bullicios y supo que sólo podía ir al cementerio. Daba igual donde llevasen sus restos, él iría al cementerio. Volvió a pasar el tiempo, ese que nunca se detiene, y por allí seguía. Conocedora de estas peripecias decidí hacerle una visita. Fue allí donde vi como se encontraba con Celestino Cuevas que andaba, como él lo había estado tantas veces, con gesto desalentado...No pude oír lo que hablaban, tan bajito era, pero si vi que Casimiro tomaba a Cuevas de la mano y lo llevaba de color en color, de tumba en tumba en un paseo acelerado y lleno de gestos. Asentía o negaba sobre lo que inquiría su compañero, lo obligaba a mirar más allá de las nubes o montañas. Al fin se sentaron sobre la braña simulando un descanso. Celestino sacó el lienzo mientras Casimiro les extendía las manos que el joven tocaba con el pincel. Vi nacer, paso a paso, la tumba de Casimiro, en la que el mismo muerto intervino acentuando tal o cual color, alargando las voces de las sombras, esa cuyo sepulcro no parece hincado en la tierra, esa que pretende querer volar. Sólo cuento lo que vi, no pido que se me crea. Ah, y estaba despierta.

http://www.museosantandermas.es/es/actividades/alucinaciones/2005/gloria-ruiz.html

Gloria Ruiz

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